Revocación de mandato... el límite del poder

3/26/20263 min read

Revocación de mandato... el límite del poder

La revocación de mandato no pasó. Y eso revela el verdadero debate más que cerrarlo.

El rechazo de este punto en el plan B de reforma electoral impulsado por Claudia Sheinbaum no es un episodio menor ni un simple desacuerdo legislativo. Es una señal política. Una señal sobre los límites del poder, sobre las tensiones dentro de la coalición gobernante y, sobre todo, sobre el tipo de instrumentos que el sistema político mexicano está dispuesto —o no— a aceptar.

Porque lo que estaba en discusión no era solo una modificación legal. Era una redefinición estratégica del papel de la revocación de mandato.

La propuesta planteaba dos cambios de fondo: adelantar la consulta al tercer año del sexenio y empatarla con la elección intermedia, además de permitir que la propia presidenta pudiera promover el ejercicio. En términos técnicos, podía leerse como un ajuste. En términos políticos, era otra cosa: una reconfiguración completa del mecanismo.

Empatar la revocación con la elección de 2027 implicaba eliminar su principal límite: la participación. Una consulta aislada enfrenta apatía, desinterés o baja movilización; una consulta concurrente resulta inevitable. Si la ciudadanía ya está en las urnas, también vota por la revocación. El umbral del 40% dejaba de ser una barrera y pasaba a ser un trámite garantizado por el diseño.

Eso transformaba la lógica del instrumento.

Porque cuando la participación deja de ser un problema, la revocación deja de ser un riesgo para el poder y se convierte en una oportunidad para reafirmarlo. No solo evaluaría a la Presidenta; podría ordenar la jornada electoral completa. Funcionaría como un ancla de movilización, alineando el liderazgo, la narrativa y el voto en todas las boletas.

El segundo elemento profundizaba en esa lógica: permitir que la presidenta promoviera el ejercicio. Aquí no había un debate menor sobre la libertad de expresión. Había un problema estructural. En un sistema en el que la figura presidencial concentra agenda, visibilidad y capacidad de influencia, su participación directa en un mecanismo que debe evaluarla rompe el equilibrio básico. El poder no solo sería evaluado, sino que también intervendría activamente en la construcción de su propia evaluación.

La combinación de ambos elementos configuraba algo distinto de un mecanismo de control ciudadano. Configuraba un dispositivo político altamente eficiente: participación asegurada, narrativa centralizada y potencial de arrastre electoral.

Y ahí estuvo el problema.

Porque aunque esa lógica es estratégica, también es evidente. Y cuando una reforma revela con demasiada claridad sus efectos políticos, deja de ser una discusión técnica y se convierte en una disputa de poder abierta. Eso explica la resistencia, no solo de la oposición —que prácticamente fue irrelevante en la negociación—, sino también de los propios aliados de Morena.

El rechazo de la revocación en el plan B evidencia algo más profundo: las fracturas internas de la coalición gobernante. PT y Partido Verde entendieron el riesgo. No necesariamente el riesgo democrático, sino el riesgo político para ellos mismos. Una revocación concurrente, con la figura presidencial al centro, podía reforzar aún más el peso de Morena en la coalición y reducir los márgenes de maniobra de sus aliados. En política, nadie cede terreno sin calcular los costos. Por eso no pasó.

Y eso también habla de otro punto clave: los límites del poder incluso cuando se tiene mayoría. El fracaso del plan A y, ahora, el rechazo parcial del plan B muestran que la operación política no es automática. Tener los votos no siempre implica tener control. Gobernar una coalición requiere negociación, lectura de intereses y manejo del tiempo. Y en este caso, todo indica que esa operación falló.

Pero que no haya pasado no significa que la discusión esté cerrada.

Al contrario. Lo que queda es la evidencia de una intención estratégica clara: convertir la revocación de mandato en algo más que un mecanismo de control. En un instrumento de legitimación activa. En una herramienta capaz de sincronizar el liderazgo presidencial, la movilización política y el calendario electoral. Eso ya reveló la lógica de fondo.

Y deja una pregunta que seguirá marcando el debate: ¿la revocación de mandato en México será un contrapeso real al poder o un recurso que el propio poder buscará rediseñar para fortalecerse?

Porque lo ocurrido ayer no cancela esa tensión. Solo la pospone. Y en política, lo que se pospone rara vez desaparece.