Reconstruir el “nosotros”

4/28/20262 min read

Reconstruir el “nosotros”

En el debate actual sobre política y tecnología, solemos centrarnos en los efectos de las redes sociales, los algoritmos y la polarización. Sin embargo, hay una transformación más profunda que está redefiniendo el escenario: la pérdida de un mundo compartido. La pregunta que plantea Antoni Gutiérrez-Rubí —¿qué se necesita hoy para construir proyectos colectivos?— no es solo pertinente, sino estructural. Porque el problema ya no es únicamente de comunicación política, sino también de cohesión social.

Las comunidades han cambiado radicalmente. La hiperconectividad no ha fortalecido necesariamente el tejido social; por el contrario, ha generado una paradoja: estamos más conectados que nunca, pero cada vez compartimos menos. El filósofo Byung-Chul Han describe este fenómeno como la “disolución del mundo de la vida”, en la que las referencias comunes se fragmentan hasta el punto de que individuos que comparten espacios físicos habitan realidades completamente distintas. Sin un marco común de interpretación, el diálogo público se debilita y la posibilidad de construir acuerdos se vuelve más compleja.

A esta fragmentación se suma un proceso de individualización que redefine la relación entre el ciudadano y lo colectivo. Como advierte François Dubet, las personas tienden a percibir sus problemas como experiencias individuales, lo que erosiona la capacidad de organización social. Lo que antes era una causa colectiva hoy se vive como una dificultad personal, lo que debilita el sentido de pertenencia y la acción conjunta.

El entorno digital ha acelerado este proceso. Las plataformas han dejado de ser espacios de interacción para convertirse en ecosistemas de consumo. El “scroll infinito” no solo captura la atención, sino que también reduce la profundidad del análisis y desplaza la participación hacia la observación pasiva. En este contexto, el ciudadano se transforma en consumidor de contenidos y la esfera pública en un flujo constante de estímulos sin articulación colectiva. La irrupción de la inteligencia artificial añade un riesgo adicional: la posibilidad de simular el debate público, en el que la apariencia de conversación sustituya al intercambio real.

Todo esto obliga a replantear el objetivo de la política. Durante décadas, la estrategia se centró en construir mayorías; hoy, el desafío es más complejo: reconstruir lo común. Ya no se trata solo de sumar voluntades, sino de hacer posible que esas voluntades se reconozcan como parte de un mismo proyecto. El problema ya no es cuántos somos, sino si realmente somos algo juntos.

En este contexto, la política debe recuperar su sentido más profundo: la construcción de la “polis”, del espacio compartido que hace posible la vida en comunidad. Esto exige liderazgos capaces de traducir realidades fragmentadas, generar sentido de pertenencia y reconstruir el “nosotros”. Porque una sociedad puede ser gobernada en la fragmentación, pero difícilmente puede sostener un proyecto democrático sin un mínimo de cohesión.

El reto de nuestro tiempo no es solo ganar elecciones, sino hacer posible que vuelva a existir aquello que las sustenta: una comunidad.