No todos caminamos las mismas batallas.
Descripción de la publicación.
1/3/20262 min read


Cada inicio de año nos invita a hacer saldos rápidos.A cerrar ciclos, a prometer cambios, a mirar hacia adelante con la idea de empezar de nuevo.
Pero pocas veces nos detenemos a pensar desde dónde miramos ese nuevo comienzo.Desde qué heridas, qué aprendizajes y qué emociones hacemos esas promesas. Porque no todos caminamos las mismas batallas.
Y por eso no todos vemos el mundo —ni el nuevo año— de la misma manera.
La neurociencia lo confirma: el cerebro no percibe la realidad tal como es, la interpreta desde la experiencia. Cada vivencia deja una huella neuronal que moldea la forma en que sentimos, decidimos y reaccionamos. No respondemos a los hechos, respondemos al significado emocional que nuestro sistema nervioso les asigna.
Dos personas pueden atravesar el mismo evento y salir con aprendizajes opuestos. No porque una esté equivocada, sino porque sus cerebros han sido moldeados por historias distintas.
La memoria no es un archivo neutro. Es un sistema emocional.
El hipocampo registra los hechos, pero es la amígdala la que decide qué se guarda y con qué intensidad. Aquello que dolió, aquello que protegió, aquello que nos hizo sentir vistos o ignorados, se convierte en un filtro permanente desde el cual miramos el mundo.
Por eso cada experiencia nos transforma de manera distinta.
Y por eso nadie aprende lo mismo del camino.
Quien creció en la escasez desarrolla un cerebro entrenado para anticipar riesgos.
Quien fue cuidado, para confiar.
Quien fue herido, para protegerse.
Quien fue escuchado, para expresarse.
No es debilidad. No es carácter. Es neuroadaptación.
Nuestro cerebro aprendió, muchas veces en silencio, una lección básica: sobrevivir primero, comprender después. Así se forman patrones emocionales que alguna vez nos salvaron, aunque hoy ya no nos sirvan.
La emoción siempre llega antes que la razón. Milisegundos antes de que pensemos, ya sentimos. Y ese sentir condiciona nuestras decisiones, nuestras creencias y hasta la forma en que juzgamos a los demás.
Por eso es tan fácil exigirle a otro que vea el mundo como nosotros.
Y tan difícil aceptar que no tiene el mismo mapa emocional.
La neurociencia emocional nos recuerda algo incómodo pero liberador: nadie ve la realidad como es, sino como su historia le enseñó a sentirla.
Cuando comprendemos esto, cambia la manera en que miramos a los demás.
Y también la manera en que nos miramos a nosotros mismos.
Dejamos de juzgar con dureza.
Empezamos a leer contextos, no solo conductas.
Entendemos que detrás de cada reacción hay una biografía emocional.
No todos caminamos las mismas batallas.
Por eso no todos vemos el mundo igual.
Quizás ahí esté una de las claves más profundas para comenzar un nuevo año con mayor conciencia: reconocer que cada persona camina con un mapa distinto, y que entenderlo no nos debilita, nos vuelve más humanos.
Porque crecer no siempre es cambiar de rumbo, a veces es comprender desde dónde estamos mirando el camino.
—Alberto Rivera
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