La herencia invisible de la desigualdad mexicana

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3/7/20264 min read

La herencia invisible de la desigualdad mexicana

Norberto Bobbio solía definirse como un hombre de la duda y del diálogo. De la duda —explicaba— porque quien se aproxima con seriedad al conocimiento entiende que ninguna verdad es absoluta; y del diálogo porque aquello poco que creemos saber solo adquiere sentido cuando se confronta con otras ideas. Esta actitud intelectual resulta particularmente útil al analizar problemas complejos de la vida pública, como la desigualdad de oportunidades.

Toda sociedad democrática se sostiene, al menos en el plano de sus ideales, sobre una promesa fundamental: que el esfuerzo individual pueda transformar el destino de las personas. Bajo esta lógica, la educación, el trabajo y el talento deberían funcionar como mecanismos que permitan a los individuos superar las condiciones en las que nacieron. Sin embargo, cuando se observa la realidad con mayor detenimiento, se advierte que en México esa promesa sigue lejos de materializarse plenamente.

El Informe de Movilidad Social en México 2025, elaborado por el Centro de Estudios Espinosa Yglesias, ofrece un diagnóstico que obliga a reflexionar con seriedad sobre esta cuestión. Sus resultados muestran que las condiciones de origen continúan teniendo un peso determinante en las trayectorias de vida de millones de personas, lo que revela que las oportunidades no se distribuyen de manera equitativa en la estructura social.

Cuando se analiza la movilidad social —es decir, la posibilidad de mejorar o empeorar la posición económica o educativa respecto a la generación anterior— los datos permiten observar que en México las posiciones sociales tienden a reproducirse con una persistencia significativa. La mitad de las personas que nacen en el 20 % más pobre de la población permanecen en esa misma condición durante su vida adulta, mientras que apenas dos de cada cien logran ascender al segmento más alto de la distribución de ingresos.

Esta realidad sugiere que la llamada “escalera social”, que en teoría debería permitir el ascenso gradual a partir del esfuerzo y de las oportunidades disponibles, funciona, en la práctica, de manera limitada para amplios sectores de la población. Para muchos mexicanos, el punto de partida no es simplemente el inicio de una trayectoria, sino un factor que profundamente condiciona el horizonte de posibilidades.

Uno de los elementos que explican este fenómeno es el papel que desempeña la educación en la estructura de oportunidades. Tradicionalmente se ha considerado que el acceso a la educación constituye el principal mecanismo de movilidad social en las sociedades modernas. No obstante, los datos muestran que incluso este instrumento está fuertemente condicionado por el origen familiar. Apenas el nueve por ciento de las personas cuyos padres alcanzaron estudios de primaria o menos logra acceder a estudios profesionales, mientras que entre quienes provienen de hogares donde los padres cuentan con educación superior la probabilidad de alcanzar ese mismo nivel educativo supera ampliamente el sesenta por ciento.

Esta diferencia revela que el sistema educativo no siempre logra compensar las desigualdades iniciales y que las ventajas o desventajas heredadas continúan influyendo en las trayectorias educativas y laborales de las personas.

A esta dimensión se suma un factor territorial que con frecuencia pasa desapercibido en el debate público: la geografía de las oportunidades. México no solo es un país desigual en términos sociales, sino también profundamente desigual en lo regional. Las oportunidades económicas, educativas y laborales no se distribuyen de manera homogénea a lo largo del territorio nacional. En la región sur, por ejemplo, sesenta y cuatro de cada cien personas que nacen en hogares con menos recursos permanecen en esa condición durante su vida adulta, mientras que en regiones como el centro-norte, esa proporción se reduce considerablemente.

Esto significa que el lugar de nacimiento no solo define el entorno inmediato de desarrollo, sino también el horizonte de oportunidades disponibles para construir una trayectoria distinta.

El informe estima que cerca de la mitad de la desigualdad de ingresos en México está asociada a la desigualdad de oportunidades, es decir, a circunstancias que las personas no pueden elegir ni modificar por sí mismas, como la condición económica del hogar en el que nacen, el nivel educativo de sus padres o el contexto territorial en el que crecen.

Esta constatación tiene implicaciones profundas para la vida pública. Cuando una parte significativa de la desigualdad se explica por factores ajenos al esfuerzo individual, la discusión deja de ser exclusivamente económica y se convierte también en un debate sobre la justicia social y el tipo de sociedad que se aspira a construir.

Las sociedades con mayores niveles de movilidad social tienden a ser más dinámicas y estables porque amplían las posibilidades de progreso para amplios sectores de la población. En cambio, cuando las posiciones sociales se reproducen de manera persistente, el mérito pierde relevancia frente al origen y se debilita la percepción de que el sistema ofrece oportunidades reales.

México enfrenta, por lo tanto, un desafío estructural que trasciende la reducción de la pobreza en términos estrictamente económicos. El verdadero reto consiste en transformar las condiciones que permiten la reproducción de las desigualdades de generación en generación.

Solo así será posible acercarse al ideal de una sociedad en la que el destino de las personas no esté determinado por la cuna en la que nacieron, sino por las oportunidades que fueron capaces de construir.