El joven que creyó que la revolución era real

Descripción de la publicación.

12/19/20255 min read

A finales de los años ochenta, cuando Enrique González Pedrero —un priísta de los viejos, culto, formado, historiador de las ideas políticas y convencido de que el poder debía tener una función social— había ganado la gubernatura de Tabasco y se encontraba en ese limbo entre el triunfo electoral y la toma de posesión, su secretario particular le hizo un comentario aparentemente trivial:

—Hay aquí un joven tabasqueño que viene de México, recomendado por fulano.

González Pedrero, concentrado en el reacomodo del poder y en la tarea —entonces genuina— de renovar la vida política del Estado, respondió sin darle mayor importancia:

—Dile que me espere.

El joven esperó. Esperó toda la mañana. Esperó la tarde. Esperó la noche.

Ya entrada la madrugada, cerca de la una o dos de la mañana, cuando el gobernador electo se preparaba para retirarse, volvió a hablar con su secretario:

—¿Nos queda algo pendiente? Ya me voy.

—Aquí sigue el muchacho —respondió. Ha estado sentado desde la mañana.

González Pedrero hizo una pausa.

—Pues pásalo. Tú ya vete. A lo que ha de venir es a pedir chamba.

El encuentro no fue breve. No fue protocolario. No fue una audiencia más. Platicaron hasta las seis de la mañana. Hablaron de historia, de pobreza, de revolución, de Tabasco, del país. No era una conversación entre un político y un solicitante, sino entre un intelectual formado en el poder y un joven convencido de que la política todavía podía transformar la vida de los más pobres.

Al día siguiente, el secretario particular regresó intrigado.

—¿Cómo te fue con él?

—Oye —respondió el gobernador—, qué muchacho tan brillante. Es interesante, preparado, distinto. Me agradó mucho.

Cuando González Pedrero asumió el gobierno, tomó una decisión que no era menor: nombró a aquel joven presidente del PRI en Tabasco, con una encomienda clara y ambiciosa: intentar renovar al partido desde dentro, devolverle contenido social y coherencia ideológica.

Un año después, en su primer informe de gobierno, el exsecretario particular volvió a saludarlo. González Pedrero, con una mezcla de orgullo y sorpresa, le comentó:

—¿Te acuerdas del muchacho que me esperó aquel día? Es presidente del PRI. Todos los jueves viene a casa a comer. Mi mujer está encantada con él. Conversamos, tomamos una copa y nos quedamos hablando durante horas.

—¿Y cómo lo ves? —preguntó el secretario.

—Su único problema —dijo el gobernador— es que cree que la revolución es real.

El segundo informe fue distinto. Esa vez, el tono había cambiado.

—Ayúdame con él —le dijo González Pedrero. Ya no lo aguanto. Resulta que les está pidiendo a todos los alcaldes —que entonces eran todos del PRI— que le demuestren que cumplen sus promesas de campaña. Y todos vienen a decirme lo mismo: “Ya quítamelo de encima”.

El problema no era Andrés Manuel. El problema era el sistema, enfrentado a alguien que tomaba en serio sus propias consignas.

El emisario habló con López Obrador.

—El gobernador dice que te va a dar un puesto en el gabinete. Que dejes la presidencia del partido.

La respuesta fue seca, casi incomprensible para la lógica priísta de la época:

—¿Y por qué me va a quitar, si él no es mi jefe?

La relación se rompió ahí. No por traición, sino por límite.

González Pedrero, consciente de que el sistema no toleraba ese nivel de coherencia, lo citó a desayunar. Durante ese desayuno, oficialmente, se hizo el relevo: se nombró a un nuevo presidente del PRI estatal y a López Obrador se le otorgó el cargo de Oficial Mayor.

La advertencia fue clara, casi pedagógica:

—Andrés, esto no es Cuba.

Horas después, López Obrador escribió una carta breve, definitiva. Dos párrafos bastaron:

“Desde hace tiempo he dedicado mi trabajo al servicio de los intereses de la mayoría del pueblo. Hoy usted me brinda la oportunidad de ocupar el honroso cargo de Oficial Mayor de Gobierno, lo cual, siento, me aleja de ese propósito fundamental. En consecuencia, le presento mi renuncia con carácter irrevocable.”

Cuando el gobernador pidió que lo llevaran ante su presencia, ya era tarde. López Obrador estaba fuera del alcance del poder, refugiado en el rancho familiar de Palenque.

La historia se había cerrado desde arriba. Pero el personaje había tomado su decisión desde abajo.

López Obrador se fue del estado. Se refugió primero en el sur de Veracruz. Fundó un periódico semanal. Y semana tras semana, desde esas páginas, criticó al gobernador, al sistema y a la forma en que el poder había clausurado la posibilidad de una renovación real.

Sí, López Obrador fue priísta. Pero fue un priísta especial.

Como muchos otros, creyó que el PRI podía renovarse desde dentro. Que la promesa revolucionaria no era solo discurso, sino compromiso. No fue el único que lo intentó. Pero fue uno de los pocos que no aceptó el límite cuando este llegó.

La influencia de González Pedrero no desapareció. Su visión social, su convicción de que el gobierno debía empezar por los pobres, quedó sembrada.

Décadas después, aquella idea se condensaría en una frase que no nació como consigna electoral, sino como herencia intelectual: “Primero los pobres”.

Epílogo: el regreso del maestro

Años después, cuando aquel joven que había esperado toda una noche ya era un dirigente nacional y disputaba la Presidencia de la República, la historia cerró el círculo.

En 2006, Andrés Manuel López Obrador invitó a Enrique González Pedrero a ser su asesor principal en la campaña presidencial. No fue un gesto político. Fue un gesto de memoria.

El discípulo llamó al maestro. El reformista temprano llamó al intelectual que le había enseñado que el poder debía tener un sentido social.

Ambos sabían que la ruptura en Tabasco no había sido personal, sino histórica. El sistema no estaba listo para lo que intentaron. Pero la idea había sobrevivido.

Cuando González Pedrero murió, López Obrador no habló de un exgobernador ni de un viejo priista. Habló de un maestro, un amigo, un hombre sabio que había marcado su formación política.

Tal vez por eso la frase resistió al tiempo, a las derrotas y a las rupturas. Tal vez por eso, si lo hubieran dejado transformar al PRI en Tabasco, Andrés Manuel López Obrador nunca habría llegado a ser presidente de México.

Pero el sistema no suele tolerar a quienes le creen demasiado a sus propias palabras.

Y ahí, precisamente ahí —en esa espera interminable, en esa ruptura temprana, en esa renuncia escrita con convicción— empezó su historia real.