El costo democrático del odio y la polarización en México
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2/26/20263 min read


El costo democrático del odio y la polarización en México
En nuestro país, el odio se alimenta de desigualdades históricas, de una transición democrática inconclusa, de crisis de seguridad persistentes y de una profunda desconfianza hacia las instituciones. Pero hoy, más que nunca, el resentimiento se ha convertido en una narrativa política y en una herramienta de movilización.
En México, la polarización no es sólo ideológica: es moral.
Se nos ha acostumbrado a pensar en términos de “buenos” y “malos”, “pueblo” y “élite”, “conservadores” y “progresistas”, “traidores” y “patriotas”. La confrontación discursiva ya no distingue entre adversario y enemigo. Y cuando eso ocurre, la democracia deja de ser un espacio de deliberación para convertirse en un campo de trincheras.
Las redes sociales han amplificado este fenómeno. En un país donde el debate público se libra cada vez más en X, Facebook, TikTok o YouTube, el algoritmo premia la indignación. El mensaje matizado pierde ante el mensaje incendiario. La crítica razonada compite en desventaja frente al insulto viral. El odio genera clics y los clics generan poder simbólico.
Pero hay un elemento particularmente delicado en el caso mexicano: la fragilidad institucional.
Cuando el odio erosiona la confianza en árbitros electorales, en órganos autónomos, en órganos de gobierno o en los medios, el deterioro, además de emocional, es estructural. Se debilita la legitimidad del sistema. Y sin legitimidad, la democracia se sostiene únicamente en reglas formales, no en una convicción compartida.
En nuestro contexto, además, el resentimiento encuentra terreno fértil en agravios reales: desigualdad regional, pobreza, violencia criminal e impunidad. El problema no es que exista indignación —la indignación puede ser motor de transformación—, sino que esa energía se canalice hacia la deshumanización del otro.
Cuando la política convierte diferencias legítimas en enemistades existenciales, el diálogo se vuelve sospechoso y el acuerdo, traición. Y ahí comienza el deterioro democrático.
México necesita, con urgencia, transitar de la política del antagonismo absoluto a la política del disenso democrático. Eso no implica eliminar el conflicto —el conflicto es inherente a la democracia—, sino encauzarlo institucionalmente. Implica reconstruir los mínimos comunes: respeto a las reglas, reconocimiento del adversario como interlocutor legítimo y defensa de la pluralidad.
Diversos estudios advierten sobre el riesgo de normalizar el odio como identidad colectiva. En México, ese riesgo se agrava porque convivimos con violencia real. Cuando el lenguaje se radicaliza en un país donde las armas y el crimen organizado están presentes, la frontera entre el discurso y la acción se vuelve más delicada.
Hoy más que nunca necesitamos redefinir el eje de nuestra conversación pública. No se trata de borrar diferencias, sino de impedir que se conviertan en fracturas irreparables. México no puede permitirse una democracia basada en la exclusión emocional del otro.
Si algo ha demostrado nuestra historia política es que los momentos de mayor estabilidad han surgido cuando se han construido pactos amplios, imperfectos pero incluyentes.
Frente al mapa de los odios, México necesita trazar el mapa de los acuerdos posibles: seguridad, justicia, crecimiento económico, combate a la desigualdad, fortalecimiento institucional. Esos deberían ser los puntos cardinales.
Porque cuando el odio define la identidad, la democracia se encoge. Pero cuando la política recupera su vocación de puente, la democracia se fortalece.
Y sí, incluso en un entorno polarizado como el nuestro, sigue siendo cierto: lo único más poderoso que el odio es la capacidad colectiva de reconocernos como parte del mismo país. O, en palabras del artista más mediático de los últimos meses, Bad Bunny: “Lo único más poderoso que el odio es el amor”.
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