El 75% de aprobación de Sheinbaum y el verdadero estado de ánimo del país
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3/11/20264 min read


El 75% de aprobación de Sheinbaum y el verdadero estado de ánimo del país
El estudio nacional publicado por Enkoll el pasado 4 de marzo revela que la presidenta Claudia Sheinbaum alcanza un 75% de aprobación, frente a un 20% de desaprobación. El dato es contundente y, para algunos, sorprendente. Para otros, simplemente confirma lo que ya se percibe en la conversación pública: el gobierno actual mantiene niveles altos de respaldo ciudadano.
Pero limitarse únicamente al número sería un error. La verdadera pregunta no es cuánto aprueba la gente, sino por qué la aprueba.
Cuando analizamos los resultados a partir de una metodología propia que cruza variables políticas y estados emocionales —lo que podríamos llamar el mapa del humor social— aparece una lectura más profunda del momento político que vive México.
El país, al menos por ahora, no está dominado por el enojo ni por el hartazgo, como suele ocurrir en momentos de desgaste político. Tampoco parece atrapado en la apatía que caracteriza a los sistemas que han perdido legitimidad.
Lo que domina es otra cosa: la esperanza.
Ese sentimiento, junto con emociones como el entusiasmo, el orgullo y la ilusión, conforma lo que, en el análisis político, se conoce como movilización positiva. Es el cuadrante donde se ubican los gobiernos que aún conservan la capacidad de generar expectativas favorables entre la ciudadanía.
En términos políticos, esto significa que el núcleo del 75% de aprobación no es un respaldo pasivo, sino una base oficialista emocionalmente activa. Son ciudadanos que no solo aprueban al gobierno, sino que también creen que el país avanza en la dirección correcta.
Sin embargo, la historia no termina ahí.
Dentro de ese mismo universo de aprobación aparece un sector que suele pasar desapercibido: los aprobadores críticos. Personas que respaldan al gobierno, pero que, al mismo tiempo, expresan preocupaciones claras sobre problemas que siguen presentes en la vida cotidiana.
Este grupo es clave porque funciona como un termómetro político. Cuando los aprobadores críticos crecen, el sistema político empieza a tensarse. Cuando disminuyen, el gobierno consolida su estabilidad.
En el otro extremo se encuentra la oposición dura. Un segmento menor en términos numéricos, pero con una intensidad emocional mucho mayor. Allí dominan emociones como la indignación, el resentimiento o el miedo. Son los ciudadanos que consideran que el país está empeorando y que el gobierno representa un problema más que una solución.
Aunque este grupo no parece ser mayoritario, tiene una característica que no debe subestimarse: su energía política. La ira social suele ser ruidosa, visible y altamente movilizada.
Entre esos dos polos —la esperanza y la indignación— también se mueve un sector que podríamos llamar de estabilidad pragmática. Ciudadanos que no viven la política con pasión ni con enojo, pero que mantienen una relación relativamente estable con el gobierno. Allí predominan emociones como la confianza, la tranquilidad o la seguridad.
Si juntamos todas estas piezas, el mapa emocional del país muestra un panorama interesante: México atraviesa un momento de alta activación política, pero con predominio de emociones positivas.
Eso explica por qué, pese a las tensiones propias de cualquier gobierno, los niveles de aprobación presidencial siguen siendo elevados.
En política, los gobiernos no se sostienen únicamente por decisiones administrativas o resultados de gestión. Se sostienen, sobre todo, por el estado de ánimo colectivo que logran generar en la sociedad. Cuando la emoción dominante es la esperanza, los errores suelen ser tolerados y los proyectos políticos encuentran margen para avanzar. Cuando esa emoción se convierte en enojo o decepción, la legitimidad comienza a erosionarse con rapidez.
Por ahora, el país parece ubicarse mayoritariamente en el cuadrante de movilización positiva, donde conviven emociones como el entusiasmo, la esperanza, el orgullo y la ilusión. Ese es el terreno donde los gobiernos construyen su capital político más sólido, porque no se trata de un respaldo pasivo, sino de una expectativa compartida sobre el futuro.
Pero ningún sistema político permanece inmóvil. En los mismos datos también aparecen señales de alerta que conviene observar con atención. La presencia de emociones como la preocupación, el miedo o la indignación revela tensiones latentes que, dependiendo de cómo evolucione la agenda pública —especialmente en temas sensibles como la seguridad o la economía—, podrían reconfigurar el clima social.
La experiencia política demuestra que los cambios de ciclo no suelen comenzar con derrotas electorales, sino con cambios emocionales en la sociedad. Cuando la esperanza se transforma en frustración, cuando la confianza se convierte en desconfianza o cuando la expectativa se vuelve incertidumbre, los equilibrios políticos empiezan a desplazarse.
Por ahora, la encuesta de Enkoll sugiere que México sigue en una etapa en la que predomina la expectativa favorable hacia el gobierno. No es un país dominado por la apatía ni por el hartazgo generalizado. Es, más bien, un país que todavía observa el rumbo político con una mezcla de esperanza, evaluación y cautela.
Y eso explica, en buena medida, el 75% de aprobación presidencial.
Sin embargo, la política tiene una regla tan sencilla como implacable: los gobiernos no gobiernan sobre números, sino sobre estados de ánimo.
Hoy el humor social parece inclinarse hacia la esperanza.
La pregunta que inevitablemente queda abierta es si ese clima emocional se mantendrá con el paso del tiempo o si las tensiones que ya se asoman en el horizonte terminarán por modificarlo.
Porque, al final, las encuestas miden opiniones… pero lo que realmente mueve a las sociedades son las emociones.
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