Cuando la política dejó de disputarse solo en las urnas

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12/17/20253 min read

Durante años, en México entendimos la política como una competencia electoral: campañas, votos, triunfos y derrotas. Sin embargo, algo cambió de fondo. Hoy, la disputa central ya no ocurre únicamente en las plazas públicas ni en los debates formales, sino también en la percepción ciudadana. Y ese cambio es silencioso, constante y profundamente estratégico.

Las redes sociales y el ecosistema digital transformaron el debate público. En Tamaulipas —como en el resto del país— la conversación política ya no pasa solo por medios tradicionales ni por comunicados oficiales. Circula en WhatsApp, Facebook, TikTok y X; se reproduce en cadenas, memes, videos recortados y audios sin un origen claro. La información dejó de ser lineal y verificable; se volvió fragmentada, emocional y, muchas veces, diseñada para confundir.

Aquí entra en escena un concepto clave de nuestro tiempo: la guerra cognitiva. No se trata de convencer con argumentos, sino de desgastar la confianza, sembrar duda y alterar la forma en que la ciudadanía interpreta la realidad. El objetivo no es que la gente crea una versión específica, sino que dude de todas. Cuando eso ocurre, la deliberación democrática se debilita y la polarización se convierte en el estado natural de la conversación pública.

En México, este fenómeno encuentra terreno fértil. Arrastramos una larga historia de desconfianza institucional, desigualdad social y hartazgo político. Las campañas de desinformación no crean esas fracturas: las explotan. Se activan emociones primarias —miedo, enojo, resentimiento— y se traducen en narrativas simples que viajan rápido y sin filtros.

Tamaulipas no es ajeno a este escenario. Por su ubicación estratégica, su historia reciente en materia de seguridad y su peso político, el Estado se ha convertido en un espacio donde la percepción pública es tan relevante como los datos duros. No basta con reducir índices delictivos o fortalecer las instituciones si, al mismo tiempo, circulan narrativas que buscan instalar la idea de caos, ingobernabilidad o colapso permanente.

La tecnología amplifica estas tensiones. Hoy, un video fuera de contexto puede generar alarma social en cuestión de minutos. Un rumor puede recorrer municipios enteros antes de que se emita una aclaración oficial. Y con la llegada de la inteligencia artificial, el riesgo se multiplica: audios falsos, imágenes manipuladas y contenidos generados automáticamente hacen cada vez más difícil distinguir entre lo real y lo fabricado.

Esto tiene consecuencias políticas profundas. La guerra cognitiva no solo afecta las elecciones, sino también la gobernabilidad. Cuando la ciudadanía vive en un estado permanente de desconfianza informativa, se erosiona la legitimidad de las instituciones, se normaliza el linchamiento digital y se incentiva la autocensura. El ruido constante sustituye al análisis y la emoción desplaza al razonamiento.

Frente a este contexto, la respuesta no puede limitarse al desmentido reactivo ni a la censura improvisada. La defensa del espacio público exige una estrategia integral: comunicación clara, datos verificables, narrativa coherente y, sobre todo, cercanía con la ciudadanía. En un entorno saturado de mensajes, la confianza se construye más por la consistencia que por el volumen.

Para quienes gobiernan, aspiran a gobernar o influyen en la opinión pública en Tamaulipas, el reto es entender que hoy no basta con hacer bien las cosas: hay que saber explicarlas y protegerlas del ruido. La política contemporánea requiere leer el clima emocional del territorio, anticipar narrativas adversas y fortalecer una conversación pública basada tanto en hechos como en empatía.

La democracia mexicana no solo se defiende en las urnas, sino también en la mente de las personas. Y en ese terreno, la claridad, la verdad y la responsabilidad comunicativa son hoy estratégicos. Porque cuando la percepción se convierte en un campo de batalla, proteger la capacidad de la sociedad para pensar con libertad es, en sí misma, una forma de gobernar.